Vulnerables y heridos afectivos




 Durante el desarrollo de nuestra infancia y adolescencia, aprendemos a desarrollarnos e integrarnos como ciudadanos que forman parte de la sociedad que nos rodea. Aprendimos a convivir con los demás y a vivir en un equilibrio que nos permita subsistir y perpetuar nuestra descendencia o el legado en este mundo en el que nacimos. Así mismo, también aprendimos a interactuar con lo que nos rodea, convivir en comunidad, buscar la felicidad en quiénes somos y en lo que hacemos, de igual manera agradecer por lo que tenemos (llámese familia y amigos). 

Física y anatómicamente nos desarrollamos; como individuos adquirimos conocimientos básicos para vivir en sociedad buscando apoyo e incluso reconocimiento de los pares; también desarrollamos habilidades físicas y motoras, pero tal vez el área en la que menos atención hemos puesto y donde más debamos entrar en detalle es el desarrollo cognoscitivo y psico-social, ya que éstos marcan una base y son pilares en la forma en que nos sentimos, valoramos y desarrollamos como personas y como individuos, únicos, especiales y valiosos; es aquí donde llega mi pregunta ¿porqué no se le presta la misma atención a desarrollar habilidades sociales y aprender a poner un importante énfasis en las habilidades psicológicas? 

Desde niños se nos enseña a ser competitivos, a siempre aspirar a ser el mejor de nuestra generación, (Darwin debió dejar claro que la ley natural no es sinónimo de volverse egocéntricos narcicistas egoístas), si no alcanzamos los estándares exigidos por la sociedad, o peor aún, por nuestra familia y seres queridos, empezamos a generar un sentimiento de culpa y de inutilidad que afecta directamente nuestra autoestima y la percepción que tenemos de nosotros mismos. 

Nuestro peor crítico siempre somos nosotros mismos. La necesidad de sentir aceptación en la sociedad nos hace alcanzar niveles de desesperación demasiado bajos y sumamente caros. La mayoría de nosotros anhelamos hacer sentir orgullosos a nuestras familias y seres queridos, ser respetados y admirados genera un sentimiento de plenitud y felicidad que muchas veces llenamos con lujos y dinero. No importa cuál sea el precio a pagar, queremos sentirnos aceptados, incluso generar envidia en la sociedad, llena esos huecos existenciales que perdimos cuando empezamos a permitir que lo que los demás esperan de nosotros sea ley. 

Convivir en una sociedad tan avanzada tecnológicamente pero tan estrecha psico-socialmente nos ha salido caro. El miedo al rechazo y peor aún, a la soledad, nos hace buscar desesperados la solución, sin importar el precio que haya que pagar. Empezamos a sentir la necesidad de sentir afecto de los demás, pero no sacamos el tiempo para vernos al espejo y darnos palabras de apoyo, de darnos cariño y aceptar que aunque no seremos un brillante astronauta ni el descubridor dela cura del cáncer, eso no significa que no somos útiles ni personas valiosas. La necesidad de reconocimiento y afecto físico y verbal es tan básico como el aire en nuestros pulmones. La competitividad por querer ser el mejor, nos volvió caníbales sociales, narcisistas sedientos por aprobación y seres aterrados por la soledad. 

¿Qué pasó con las buenas costumbres? ¿Cuándo dejamos de sentir empatía por quienes nos rodean? El estilo de vida cada vez más competitivos nos volvió enemigos de quiénes nos rodean, seres heridos sentimentalmente, sedientos y egoístas de afecto por miedo a salir heridos o no ser correspondidos. No enfocamos tanto en sobrevivir que dejamos de tomar riegos básicos que tomaban nuestros antepasados, ellos salían día a día a cazar su comida, nosotros ahora no somos capaces de sobrevivir si sentimos rechazo o aún peor, somos incapaces de hacerle frente a la soledad.

¿Cómo es que creamos autoestimas frágiles e inestables? Desde niños se nos daba amor, aprobación y apoyo en casi o incluso en todo lo que hacemos y lo que somos, pero al pasar a la adolescencia y a la adultez, empezamos a encarar la realidad, ya no nos ven con la empatía, el cariño y la misma paciencia que de niños; el mundo es frío y cruel con todos; esto no significa que debamos volvernos duros y cerrados, pero muchas veces optamos por esto con tal de evitar salir heridos y agregarle más dificultades a la vida. 

La sociedad hace eco en nosotros, nos muestra débiles y nos expone como inadaptados si no cumplimos con los roles establecidos previamente. Debemos tener pareja ("nuestra media mitad que nos complete"), si no cumplimos con dichos estándares se nos señala como defectuosos e incluso como bichos raros porque "lo normal" es tener pareja desde temprana edad (al parecer, estar sin pareja nos vuelve inadaptados e incapaces de sobrevivir y salir adelante).

Y es que cuando encontramos en nuestro diario vivir una mano amiga, un mensaje de buenos días, una sonrisa y un piropo desinteresado que nos confunden, nos  mueve el piso y nos pone dudosos a pensar si están buscando hacernos daño o si están jugando con nuestra poca estabilidad existencial. Cuando conocemos personas que llegan a nuestra vida a mostrar afecto desinteresado, nos vuelve vulnerables, sentimentales y hambrientos por más aceptación, afecto y atención.

Entonces, ¿En verdad estamos faltos de amor o es simplemente que no hemos aprendido a vivir sin ser el centro de atención y con la aprobación de quienes nos rodean?

  



 

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